La inteligencia sanitaria, aparte de lucir a veces como una leyenda urbana o un plan para un remoto futuro debido a su escasa aplicación, es un concepto bastante complejo de definir, pues en él se hilvanan diversas cuestiones que lo tornan altamente variable a nivel contextual, ya que depende tanto de la competencia del capital humano en cada país en que dese aplicarse, como de que los actores tengan la capacidad de hacerlo efectivo, no ya en lo material, sino en sus puntos de vista éticos y políticos a la hora de analizar la información disponible sobre gestión y desarrollo de políticas sanitarias, para posibilitar que, luego de ser bellamente redactados planes, puedan convertirse en acciones que repercutan en la práctica.
Mientras que la política es el arte de lo posible, la inteligencia sanitaria es el móvil que facilita a los políticos, mediante la presentación de informes y demás, la toma de decisiones que atañen a la salud de las poblaciones. Su objetivo es dar datos que sean confiables para que las decisiones que se tomen basados en ellos resulten de interés para la población en general. Si la inteligencia sanitaria funciona de forma no viciada, y los políticos atienden a sus avisos, entonces los problemas de gestión en la salud habrán de resolverse de la mejor manera posible lo cual, de cara a la realidad, vemos que no ocurre con frecuencia.
La inteligencia sanitaria trabaja paralelamente en tres niveles, uno micro que opera en consultas médico-paciente, otro meso que se da de forma regional o por áreas, y uno macro que atañe lo nacional e internacional. Si la comunicación falla en alguno de estos tres niveles, las consecuencias pueden repercutir en todos ellos.
Aquellos temas que plagaban las agendas de políticos e investigadores en la mitad del siglo XX, tales como el problema de la desigualdad social, el uso ineficiente de los recursos y la mala calidad asistencial, no han obtenido al día de hoy ninguna respuesta total. Muchas políticas, aunque largamente pensadas, demostraron ser ineficaces, lo cual alerta sobre la necesidad urgente de crear un nuevo estilo en la toma de decisiones.
Este nuevo estilo tiene que hacer pie sobre la realidad concreta y no operar, como ya ocurrió muchas veces, sobre una realidad-otra, mucho más edulcorada y en la cual, por su desconexión con lo que ocurre de veras a nivel económico y social, los planes que se proponen funcionan de modo mucho más afortunado.
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