Apunte complementario. Taller de Escritura
La escritura como proceso
Habitualmente, el momento de la escritura suele definirse como un acto: el acto de escritura. Esta concepción nos acerca a la idea de que ese texto fue producto de un momento único, de una acción instantánea e inmediata. Es decir, de cierta espontaneidad o “arranque de inspiración”.
Si un momento es único en su especie, no hay otro como él: es irremplazable. Si además es producto de una acción instantánea e inmediata se supone que fue escrito en sólo un instante, sin tardanza, como suele decirse, “de un tirón”. Los textos a los que les atribuimos estas características nos generan mucho más apego y cierta dificultad para tener un acercamiento crítico. Pregúntense quién tocaría un texto fruto de esas condiciones. Nadie, por supuesto.
Sin embargo, pensar la escritura como un acto es una visión estática que no alcanza a describir las múltiples alternativas en la producción de un trabajo escrito. La escritura de cualquier texto —desde una carta hasta un informe— es, en realidad, un proceso, una sucesión de fases. Este proceso requiere planificación, toma de decisiones, definición de estrategias, —evidentemente— escritura y, finalmente, reflexión y corrección. No es solo un acto, son muchos, asociados y sucesivos, por lo tanto, un proceso.
Las partes del proceso de escritura
El proceso engloba dos partes principales. La primera está relacionada con lo conceptual y la segunda con lo práctico. El momento de la “escritura propiamente dicha” divide ambos momentos. En la primera parte hay una sucesión de etapas que van desde la idea de la cual partimos hasta la confección del primer borrador del texto, en medio hay momentos de lectura, decisión y jerarquización de información, toma de notas, reflexiones, replanteo de objetivos, etc. La segunda parte comienza una vez que tenemos nuestro texto en bruto y empezamos a corregirlo, y va hasta la versión definitiva y las decisiones finales con respecto a la presentación y los aspectos gráficos del texto.
Los géneros discursivos
Uno de los principales aspectos a tener en cuenta —tanto al momento de producir un texto como al pensar en cómo lo identificará el lector— es a qué género discursivo pertenece, por eso es que la veremos un poco más en detalle.
La noción de género discursivo fue definida por Mijail Bachtin (1895-1975), un autor ruso que identificó patrones de regularidad en distintos tipos de texto y —por lo tanto— en el uso del lenguaje. Es decir, hay una relación posible entre el contexto de producción de un texto, el hecho que transmite y la tipología utilizada, por eso es que Bachtin —en su libro Estética de la creación verbal— afirma que "la voluntad discursiva de un hablante se plasma siempre en un género, el cual es producto de una praxis social específica".
Es decir, en cada campo de la actividad humana, las personas generan enunciados “relativamente” estables, lo que Bachtin llama “géneros discursivos”. Para identificarlos recurre a tres variables: el tema, la estructura y el estilo, con lo cual textos de un mismo género compartirán una cuestión de fondo, un criterio general de escritura y una forma composicional determinada. Por eso mismo, la producción de cada género impondrá a quien lo utiliza limitaciones temáticas, estilísticas y de organización estructural.
Algunos ejemplos de géneros discursivos pueden ser una crónica periodística, una carta de amor, un escrito judicial, una novela, etc. Y pensando en el ámbito empresarial: un informe, un memo, un e-mail, un manual, un newsletter, etc.
Pensemos, por ejemplo, en el género “receta de cocina”. En cuanto al tema, podrá referirse a un plato de carnes o aves, o a un postre, etc., pero no a las propiedades de la atmósfera. Su estructura siempre consistirá en un título, una lista de ingredientes y los pasos de preparación. Finalmente, el estilo será intermedio tendiendo a informal y utilizará el tiempo imperativo (corte, rebane, mezcle) o, eventualmente, el impersonal.
La pertenencia a un género explica casi todo lo que ocurre en un texto: el modo de plantear el comienzo y el cierre, el tema a tratar, los modos de incluir la palabra de otros, el registro más o menos formal, y hasta la sintaxis y el léxico empleados.
Los géneros más comunes que utilizamos en nuestra vida (no necesariamente escritos y de menor grado de complejidad) los fuimos aprendiendo espontáneamente desde niños (una charla familiar, una exposición escolar). Sin embargo, hay géneros, por ejemplo los utilizados en ámbitos laborales, que necesitan de un proceso de aprendizaje y reflexión y no meramente utilizarlos por “contigüidad” con la oralidad.
Características de los textos eficaces
Hay varios aspectos que debemos tener en cuenta si buscamos que un texto sea eficaz: un objetivo y un mensaje claros que no den lugar a confusiones, dudas o ambigüedades; adecuarnos a nuestro lector teniendo en cuenta sus necesidades, estilo y posibles objeciones; que el texto sea conciso y con la información exacta; mantener una estructura sencilla y visible; una gramática correcta y un efecto de lectura controlado en función de lo que queremos transmitir. A continuación analizaremos cada uno de estos aspectos.
Objetivo y mensaje claros
Hay varias formas de articular el discurso escrito en los textos cotidianos. Podemos describir una situación y opinar al respecto; podemos explicar un procedimiento para que alguien lo entienda; podemos recomendar pasos a seguir en una propuesta.
En general, podríamos clasificar a los textos en dos grandes grupos que tendrán que ver con la intencionalidad: los meramente informativos, que transmiten información con criterios de objetividad, y los argumentativos, que subjetivizan y buscan validar una postura en particular.
Los informativos partirán de una construcción anterior ya validada y meramente la describirán. Sus formulaciones se restringen al ámbito de los hechos, los datos o situaciones específicas, solo buscan informar, describir una situación. El esfuerzo de objetividad es máximo, y las marcas lingüísticas de subjetividad son escasas o nulas.
En contraposición, los argumentativos no parten de una validación anterior, sino que construyen una percepción nueva o “reconstruyen” una anterior. Más allá de esto —por sus componentes emocionales y subjetivos— siempre buscan convencer, justificar o legitimar.
Entonces, en función de los objetivos habrá textos que busquen informar, mientras que el objetivo de otros será convencer o provocar una acción. No obstante, hay que tener en cuenta que los textos no son tan “puros”. El objetivo de un texto requiere una estrategia de escritura particular, lo cual se refleja en el tipo de texto. Si mi jefe me pide un informe expositivo, él no está pretendiendo que yo opine nada en particular, sino que exponga una determinada situación. Pero si me pide un informe argumentativo, él va a esperar que yo proponga algo concreto o que justifique una posición. En las empresas, muchas veces se piden textos sin aclarar de qué tipo, por lo cual somos nosotros los que debemos averiguar qué está esperando nuestro lector (y que se nos está pidiendo, claro).
Ahora bien, es común que tengamos tendencia a escribir un tipo determinado de texto —ya sea por la tarea que estamos acostumbrados a hacer, por nuestra disciplina o formación— y que nos cueste adaptarnos a escribir otro. También hay una variable que siempre gravita en nuestra escritura que es el “estilo personal”. Por ejemplo, hay gente que siempre argumenta, incluso cuando no es necesario; hay gente que siempre expone, a la que le cuesta argumentar a favor de una idea. Lo importante es poder adaptarnos al objetivo de cada texto en particular.
Por otro lado, es fundamental saber diferenciar el tema del mensaje. Lo importante de una comunicación es el mensaje. Lo que el lector debe tener claro cuando termina de leer el texto es qué quiso transmitir el autor. El mensaje está totalmente alineado con el objetivo. Frente al “tema del amor” puedo tener infinitos mensajes: el amor es eterno, el amor no existe, etc. El tema es sobre qué escribimos, mientras que el mensaje es lo que queremos transmitir.
Adecuación al lector
Está claro que nuestra meta debe ser una comunicación lograda y si no “llegamos” a nuestro lector, eso será muy difícil. Entonces, para adecuarnos debemos tener en cuenta al otro de la misma manera que lo hacemos cuando hablamos; sólo que con la escritura hay que ser mucho más previsor. El feedback del otro puede tardar un tiempo considerable en llegar o directamente nunca llegar, por lo tanto no podemos especular con que seguramente el otro “va a entender”.
Las dificultades que surgen en la escritura comercial son que no siempre conocemos a nuestro destinatario y que muchas veces ese otro está compuesto por muchos lectores con intereses, necesidades y formación totalmente distintas; de ahí lo difícil de la adecuación al lector en comunicaciones masivas.
¿En qué debemos adecuarnos? En cuanto a nivel de formalidad e informalidad; el vocabulario; la información que el otro tiene, o la que le falta; sus intereses o expectativas; sus necesidades y las objeciones que pudiera tener.
Estructura clara y sencilla
La coherencia de un texto se logra a través de la correcta organización de la información sobre un determinado tema. Tiene que ver con la lógica interna del texto, la cual se manifiesta en su estructura.
Un texto debe mostrar coherencia lógica y argumental, debe ser capaz de conectar las ideas a través de la estructura, crear una representación de su comprensión del tema abordado. Disponer la información de manera ordenada, a través de una estructura que nos permita visualizar claramente los bloques en los que un texto está dividido nos permitirá evitar baches argumentativos y plantear líneas de acción que luego no se explorarán. Hay trabajos en los que el orden se detecta a simple vista o —sencillamente— revisando el índice. En otros, no es tan fácil y hay que hacer una labor de abstracción. Un buen diseño de la estructura nos permitirá dar una forma interesante al texto, nos ayudará a organizar la argumentación y la exposición de contenidos. Será nuestro plan a seguir durante el proceso de escritura.
Es muy importante —aunque parezca una obviedad— respetar la organización de los párrafos, es decir tratar de desarrollar en cada párrafo una unidad de sentido distinta y recién cambiar de tema, de enfoque o idea después del punto y aparte. De esta manera distribuiremos equitativamente la información y le brindaremos al lector un texto más organizado.
La estructura es la forma en la que organizamos la información para que el lector la reciba. Los textos tienen una estructura externa (introducción, desarrollo, conclusión) o la estructura diseñada para un texto en particular (carta, e-mail, etc.) y una estructura interna (distintas formas de organización de ideas). En textos breves, la estructura interna define a la externa.
La estructura “normal” de un texto supone una introducción, un desarrollo y una conclusión.
La introducción es la primera parte del texto. Su función es la de anticipar el tema y guiar al lector, es decir que facilita la lectura. Suele contener el objetivo del texto, la presentación del tema, el alcance que tiene, los antecedentes que el lector necesita para entenderlo, la metodología y los pasos que se seguirán en el desarrollo (si es de una extensión significativa). No siempre todas estas partes son pertinentes.
El desarrollo es la parte donde el autor tiene que demostrar lo que sostiene. El recurso que predomina es la argumentación. En el desarrollo se presentan datos, ejemplos, comparaciones, argumentos e ideas que sirven para apoyar opiniones o refutar ideas adversas. También debe incluirse el tratamiento de objeciones. La argumentación supone, más allá del encadenamiento lógico propio de todo razonamiento, un lector al que se busca convencer, o al que se trata de impulsar a una determinada acción.
Finalmente, el cierre o conclusión se conecta con la introducción y se desprende del desarrollo. Si el texto es netamente informativo, es una síntesis. Si el texto es argumentativo, es la conclusión propiamente dicha. Puede incluir un comentario final del autor y alguna propuesta que deriva de lo comprobado durante el desarrollo. Aunque parezca reiterativo, es muy importante finalizar los textos con una conclusión, a pesar de que esta ya se haya esbozado anteriormente.
Como dijimos, cada parte suele contener:
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Introducción |
- Objetivo - Presentación del tema - Alcance - Antecedentes - Plan textual |
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Desarrollo |
- Datos - Argumentos - Opiniones / Recomendaciones - Análisis de alternativas - Tratamiento de objeciones |
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Conclusión o cierre |
- Síntesis o conclusión - Próximos pasos - Recomendación final |
Como lectores, todos conocemos esta estructura de introducción, desarrollo y conclusión, y leemos a partir de ese marco de referencia. Si alguna de estas partes falta, sentimos la ausencia, y se nos dificulta la lectura.
Concisión
Un texto es conciso cuando la información que proporciona es la justa: no sobra, ni falta. Y cuando es directo y expresa exactamente el mensaje sin rodeos.
Asimismo, se caracteriza por usar las palabras más expresivas; es decir, no usar tres palabras cuando hay una que expresa lo mismo.
Ejemplo:
Le escribo con el motivo de hacerle llegar los folletos, que acaban de salir, de las actividades que, al igual que otros años, llevaremos a cabo el corriente año.
Podríamos reformular esta oración y escribir:
Le envío los folletos de las actividades que desarrollaremos este año.
Los textos concisos son más fáciles de leer, son más directos y eficaces. Las palabras están en función del mensaje y no de sí mismas.
Conviene distinguir entre concisión y brevedad. Un texto puede ser conciso y estar escrito en diez páginas. Y un texto puede ser breve, pero no conciso. La brevedad está relacionada directamente con la extensión, mientras que la concisión está relacionada con la economía de palabras y de información, y con la expresividad.
Si el autor sabe cuál es el mensaje, le será fácil seleccionar la información que va a desarrollar. Cuando el autor tiene claro el tema, pero no el mensaje, tiene serias dificultades para seleccionar la información y escribe textos atiborrados de datos irrelevantes. El riesgo es que el lector no comprenda el mensaje o que se “maree” en medio de la información.
Control del efecto de lectura
El efecto de lectura es el impacto que provoca nuestro texto en los lectores. Todos los textos generan un efecto de lectura que puede ser negativo o positivo. Seguramente, más de una vez alguien ha tenido enfrente un texto al que prefirió —en vez de leerlo en el momento— dejar para más tarde. Esta sensación que en el fondo lleva a no leerlo, a leerlo “por arriba” o en forma incompleta se puede controlar o modificar. De hecho hay muchos textos que generan un efecto de lectura positivo, son aquellos de los que decimos que “no se pueden dejar de leer” o los que nos llevan a acostarnos de madrugada para avanzar en su lectura.
Por lo tanto, nuestro objetivo es lograr que el texto sea interesante, que nos lleve a leerlo con ganas y no a padecerlo.
El efecto de lectura debe ser coherente con el objetivo que el autor se plantea. Algunos ejemplos donde el efecto de lectura no está alineado al objetivo del texto son: cuando el objetivo es informar, pero el texto es tan complejo que los lectores lo abandonan en el primer párrafo; o cuando la intención es convencer, pero los lectores desconfían de los argumentos (ya sea por inconsistencia o falta de precisión).
Entre los principales efectos no deseados podemos citar: confusión (por ejemplo, cuando no se entienden los objetivos o estos no son coherentes con la hipótesis), desinterés (la justificación es débil o no se logra argumentar eficazmente), descreimiento o falta de profesionalismo (argumentos inconsistentes, documentación escasa o sospechosamente abundante), aburrimiento (ritmo monótono, oraciones muy largas o con muchas acotaciones).
Así como, sin querer, uno puede generar efectos negativos, podemos generar efectos positivos voluntariamente, como claridad, interés, credibilidad y solidez. Lograr la simplicidad de un proyecto bien planteado y consistente. Para obtener el efecto deseado debemos controlar la forma en la que proporcionamos la información, el orden en el que lo hacemos, el vocabulario que utilizamos, la claridad en la exposición, etc.
Organización de ideas
Más allá de esta estructura, uno puede organizar las ideas de distintas formas. Algunas de las más comunes son:
- De lo general a lo particular
Bastante común, primero se presenta la idea y luego se la ejemplifica.
- De lo particular a lo general (del ejemplo a la idea)
Es muy útil cuando el lector se siente ajeno a la idea, pero está vinculado al ejemplo.
- Orden jerárquico (idea principal, ideas secundarias)
Típico orden de e-mails y del informe ejecutivo.
- Orden lógico (problema, causa, riesgo, solución)
Típico orden de propuestas. Especial para cuando se propone la solución a un problema. Es muy parecido a los informes de Auditoría (observaciones, riesgo, recomendaciones).
- Orden cronológico (pasado, presente, futuro)
Se usa para los antecedentes, cuando hay que contar la historia de un problema o una situación.
- Orden temático (punteo de ideas)
Se usa principalmente cuando se tratan distintos temas por separado.
- Oposicional (alternativa 1, alternativa 2 /ventajas, desventajas)
Se utiliza cuando se analizan ventajas y desventajas de un producto, o se comparan productos distintos.
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