Extracción de la Piedra de la Locura
Comparándolo con los modernos métodos quirúrgicos, la Extracción de la Piedra de la Locura resulta más adecuada para formar parte de un relato de Lovecraft que como una operación médica, resulte o no muy seria. El misticismo reinante en la Edad Media, con sus fantasmas y errores, tienta. Ese halo de misterio, el coqueteo con lo oculto y las fuerzas poderosas justifica que haya sido el tema elegido por el Bosco, en 1475, y por Pizarnik, en 1968. Dado el tratamiento que recibió hasta hoy, nada indica que el tópico no pueda retomarse en un futuro. Anacronismos melancólicos aparte, no cuesta imaginar que aún en siglos venideros resulte más atractivo que tratar artísticamente al botox.
El procedimiento consistía en la extirpación de una piedra causante nada más y nada menos que de la necedad en el hombre, la suprema estupidez. Algunos casos, efectivamente ejecutados, tenían el carácter de una lobotomía. No obstante, los más eran parte de un rito simbólico que el curandero realizaba sobre el paciente para curarlo de la estulticia. Dado que la tontería es un universal inherente a la especie humana, es probable que este trastorno no haya tenido que ver con la insalubridad mental tal como la conocemos hoy.
La tendencia general a hallar causas orgánicas llevó a creer que la locura provocaba tumoraciones en el cerebro que podían verse de forma ocasional en la frente de los afectados. El riesgo era mínimo ya que se realizaba una pequeña incisión, seguida de un hábil juego de manos donde el curandero mostraba a los espectadores atónitos una piedra que había extraído, efectivamente, pero de su bolsillo.
El Bosco, con sus mundos atiborrados de fantasía, considerado por algunos un precoz precursor del surrealismo, tenía una visión original para interpretar distintos temas. Empleó una técnica realista y moralizante, que ridiculizaba los vicios y errores humanos de la época. En su obra, un óleo sobre tabla intitulado como este mismo artículo, el doctor aparece ridiculizado llevando un embudo en la cabeza, y lo que extrae no es la tan aclamada piedra sino un tulipán. También pueden encontrarse en él alegorías a la superstición y la ignorancia, y dado el formato circular se conjetura la idea de espejo como devolución al mundo de su propia estupidez al desear por un método así querer superarla.
Salteando las bastas variaciones artísticas sobre este tema a lo largo de un puñado de siglos, caemos, con el mismo título pero en formato de poesía, en Buenos Aires, 1968, y Pizarnik. El epígrafe anuncia ‘Elles, les âmes…, sont malades et elles souffrent et nul ne leur porte remède; elles sont blessées et brisés et nul ne les panse’[1].
La piedra es el material reticente con quien ella experimenta en el laboratorio del lenguaje –en su habitación, por la noche, en Europa o mismo en la sala 18 del Pirovano-, son ‘estas palabras como piedras preciosas/ en la garganta viva de un pájaro petrificado’ de apariencia inocente pero a quienes es preciso acribillar con un cincel, con horas de práctica, con una minucia infalible para lograr digan lo que ella desea expresar, ya que ‘cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa’.
Pizarnik, que además de traducir simpatizó con el legado tanto de surrealistas como de Rimbaud, Baudelaire y Artaud, no puede reducir la locura a una enfermedad, al menos no sin darle la contratapa de un preciado don. ‘No obstante, lloras funestamente y evocas tu locura y hasta quisieras extraerla de ti como si fuese una piedra, a ella, tu solo privilegio’[2]. Sin perder la piedra su carácter mágico, el enfoque de Alejandra es diferente, la propone como la forma que cambia la armonía en delirio, ligada –tanto en la experiencia del poeta como en la del curandero o chamán- a un punto crucial que se supera sólo arriesgando la vida.
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