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Historia de la medicina:La lucha contra las pestes
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El estudio de la incidencia y la propagación de una enfermedad en amplias poblaciones se denomina epidemiología. Para controlar una enfermedad es importante comprender sus orígenes y su forma de propagación. Los epidemiólogos modernos, por ejemplo, se esfuerzan por comprender los orígenes y la difusión del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) que causa el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) y esperan poder llegar algún día a controlar e incluso sanar esta enfermedad mortal. Sin embargo, la comprensión de la naturaleza de una enfermedad constituye una tarea ardua aún utilizando las herramientas más avanzadas de la microbiología y la genética molecular. Imaginemos pues lo difícil que resultaría entonces, hace varios siglos, en los tiempos en los que el saber médico iba poco más allá de la mera superstición. En aquella época, la idea de comprender una enfermedad implacable tenía que parecer imposible.
Este ha sido el caso de las grandes epidemias de peste que se han sucedido a lo largo de la historia. Mientras que durante la edad media (entre los siglos V y XV) la palabra peste se utilizaba indiscriminadamente para describir enfermedades epidémicas, en la actualidad el término se aplica de manera específica a una enfermedad aguda, infecciosa y contagiosa propia de los roedores y de los seres humanos y causada por una determinada bacteria. Sabemos hoy día que la peste bubónica, el tipo de peste más conocido, se transmite por la picadura de un insecto parásito. Otra variedad, la peste neumónica, se transmite principalmente por pequeñas gotas expelidas por la boca y la nariz de individuos infectados. La peste septicémica, otra forma diferente, se puede propagar por contacto directo a través de una mano contaminada. Sin embargo, a mediados del siglo XIV, cuando la enfermedad que entonces se conocía como peste negra llegó a aniquilar hasta una tercera parte de la población europea, los médicos y los científicos fueron totalmente incapaces de descubrir su causa y menos aún de encontrar una forma de curación.

Descripciones de testigos presenciales de la peste


Sintiéndose incapaces de explicar o comprender la magnitud del sufrimiento, algunos observadores sólo consiguieron registrar la devastación causada por la enfermedad. Las descripciones de los testigos presenciales de la peste se remontan al año 541, cuando se declaró la peste en la ciudad de Constantinopla (actualmente Estambul, en Turquía), entonces capital del Imperio bizantino. Procopio, historiador en la corte del emperador Justiniano I, describe una epidemia durante la cual "toda la raza humana estuvo a punto de quedar aniquilada". En las crónicas de Procopio los síntomas de la peste comenzaban por "una fiebre súbita". Durante algunas horas no había ningún signo de inflamación o mutación del color de la piel, pero según Procopio "ese mismo día en algunos casos, o al día siguiente en otros, y en el resto no muchos días más tarde aparecía una inflamación bubónica, y ésta se producía no sólo en la región concreta del cuerpo denominada la ingle, es decir, debajo del abdomen, sino también en el hueco de las axilas, y en algunos casos al lado de las orejas y en diferentes puntos de los muslos se producía una gran inflamación o bubón".
Procopio registró que algunas víctimas entraban en coma, mientras que otras se veían sacudidas por un "violento delirio", estando convencidas de que "les atacaban personajes que venían a destruirlos". En algunos casos había que impedir a algunas víctimas que salieran huyendo de sus casas, intentaran ahogarse o saltar al vacío desde gran altura. Y Procopio continúa: "y en aquellos casos en que no hacía aparición ni el coma ni el delirio, la inflamación bubónica se gangrenaba y el paciente, incapaz de soportar el dolor, moría. La muerte sobrevenía en algunos casos de forma inmediata y en otros al cabo de muchos días". La denominada "peste de Justiniano” se enseñoreó de Constantinopla hasta la primavera de 542, llevándose consigo a unas 200.000 personas (el 40% de la población de la ciudad).

Ocho siglos más tarde, la peste negra barrió toda Europa, llegando a Italia en 1347. El escritor italiano Giovanni Boccaccio, en su obra clásica El Decamerón, describe casos de peste en Florencia: "En el momento de la aparición de la enfermedad, tanto hombres como mujeres se veían afectados por un tipo de inflamación en la ingle o las axilas que en ocasiones alcanzaba el tamaño de una manzana o de un huevo. Aunque algunos de estos tumores eran más grandes y otros más pequeños, todos ellos recibían la denominación común de ganglios. A partir de estos dos puntos iniciales, los ganglios comenzaban al poco tiempo a propagarse y a extenderse generalmente por todo el cuerpo. A continuación, las manifestaciones de la enfermedad se transformaban en manchas negras o pálidas extendidas por brazos y muslos o por todo el cuerpo". Una tercera parte aproximadamente de los 80.000 habitantes de Florencia murieron a causa de la peste entre la primavera y el verano de 1348.

Existen también vívidas descripciones de la peste correspondientes a la Gran Plaga de Londres que se declaró en esta ciudad en 1665. Tales descripciones fueron recopiladas por el escritor inglés Daniel Defoe en su obra Diario del año de la peste (1722), que reconstruye aquel desastre. Para describir la rapidez y crueldad con las que se propagó la enfermedad, Defoe narra la historia de una mujer joven que cae enferma con vómitos y "un terrible dolor de cabeza". Su madre la examina y confirma lo peor: "examinando su cuerpo a la luz de un candil, inmediatamente descubrió las señales fatídicas en la parte interior de sus muslos. Su madre, sintiéndose incapaz de contenerse, tiró la vela y gritó de una forma tan pavorosa que hubiera bastado para horrorizar al espíritu más firme de este mundo. En cuanto a la joven, a partir de ese mismo momento se convirtió en un cuerpo moribundo, pues la gangrena que origina los hematomas se había extendido por todo su cuerpo, falleciendo en menos de dos horas". En otro pasaje del libro, Defoe describe una ciudad sometida a una auténtica pesadilla de sufrimientos: "El dolor de las inflamaciones era particularmente intenso, incluso intolerable para algunos individuos". La gente corría despavorida por las calles, "delirante y aturdida, a menudo agrediéndose con las manos, tirándose por las ventanas, disparándose un tiro, madres [asesinando] a sus propios hijos presas de la locura".

Primeras teorías acerca de las causas y el tratamiento de la peste
A la desgracia y al terror de las epidemias de peste se le sumaba la ignorancia; nadie tenía la menor idea de la causa de la enfermedad o de las vías reales de transmisión. Mucha gente pensaba acertadamente que el contagio podía producirse por el aliento, aun cuando durante la peste negra un médico llegó a afirmar que la simple mirada de un moribundo podía ser suficiente para transmitir esta infección mortal. El conocimiento médico exacto acerca de la peste se hallaba a siglos luz. La bacteria causante de la peste y el proceso de su transmisión a los seres humanos a través de roedores e insectos portadores no fueron descubiertos y comprendidos hasta la década de 1890. Durante la peste negra la mayoría de la población consideraba la plaga como un castigo divino por los pecados de la humanidad. Los galenos y los eruditos, mientras tanto, elaboraban cuantas teorías se les ocurrían para explicar el origen de la enfermedad y recomendar medidas curativas o preventivas.

Según una teoría, las causas eran de naturaleza astrológica: una alineación poco usual de los planetas Saturno, Júpiter y Marte había causado la corrupción de la atmósfera. Otros teóricos culpaban a terremotos y demás catástrofes naturales por haber liberado aire malsano procedente de las entrañas de la Tierra. Esta idea del aire corrupto e insano, una miasma, se hallaba en la base de muchas teorías referentes a la causa de la peste, por lo que muchas medidas preventivas giraban entorno a contrarrestar o purificar el aire corrupto como, por ejemplo, incinerar maderas de enebro y fresno para crear aromas agradables. Los suelos de las casas se fregaban con agua de rosas y vinagre. Se recomendaba reforzar la dieta alimenticia para ahuyentar la peste agregando mirra, azafrán y pimienta a productos como cebollas, ajo y puerros. Las observaciones de Defoe en Diario del año de la peste indican que la medicina preventiva durante la década de 1660 no había progresado mucho durante los tres siglos transcurridos desde la peste negra. Defoe describe a hombres llevando ajos en la boca y a mujeres echándose vinagre por la nariz. Curanderos de toda catadura anunciaban sus mejunjes en pancartas, ofreciendo píldoras y demás antídotos contra la peste.

La ignorancia genera miedo

Los epidemiólogos consideran en la actualidad que la peste negra era probablemente la enfermedad en su variedad neumónica que infecta los pulmones y se transmite de un individuo a otro a través del estornudo o la tos. Y aunque la población de la edad media no comprendiera cómo se propagaba la enfermedad, su capacidad de contagio era terriblemente evidente. Los testigos presenciales describían este miedo: "Las personas pronto llegaron a odiarse hasta tal extremo que, si un hijo se veía afectado por la enfermedad, su padre no le atendía", escribía un fraile en su descripción de la evolución de la peste negra en Messina (Sicilia). "Si, a pesar de todo, osaba acercarse a él, quedaba inmediatamente infectado y … estaba predestinado a fallecer en el plazo de tres días". Un historiador del siglo VIII, al describir un brote anterior en Italia, da cuenta de una rotura similar de los lazos familiares por culpa de la peste reinante: "Los hijos huían, dejando sin inhumar los cadáveres de sus padres; los padres, olvidando sus obligaciones, abandonaban a sus hijos sumidos en fiebres feroces". Otro testigo de la peste negra escribía a su vez: "El padre abandonaba al hijo, el marido a la esposa, un hermano a otro … no quedaba nadie para enterrar a los muertos ni por dinero ni por amistad ... morían a cientos, tanto de día como de noche y todos eran arrojados a fosas y recubiertos con tierra. Y a medida que se iban llenando las fosas, se excavaban otras nuevas. Y yo, Agnolo di Tura ... enterré a mis cinco hijos con mis propias manos".
Durante la edad media, el verdadero tratamiento de la peste consistía a menudo en abrir las venas a la víctima y sacarle sangre para aliviar la infección. Otra técnica de curación consistía en intentar sajar los bubones hinchados y esterilizarlos con fuego. Seguidamente, los galenos aplicaban distintas sustancias, como raíces de azucenas o un emplaste elaborado a partir de resina gomosa, para drenar el veneno. Una vez más, las prácticas en tiempos de Defoe apenas se diferenciaban de las técnicas medievales: "Las inflamaciones de algunas personas se endurecían y entonces se les aplicaban violentos emplastes adhesivos, o cataplasmas, para abrirlos, y si así no se conseguía, estos eran abiertos y sajados de manera terrible". Según un observador, tales medidas a menudo infligían al paciente "mayor dolor que el ocasionado por la enfermedad". De todas maneras, en palabras de Defoe, "si se conseguía formar una cabeza en el bubón y se abría y se hacía supurar, generalmente el paciente se recuperaba".

Adelantos en el conocimiento de la peste: 
Aunque tardó varios siglos, la ciencia médica finalmente llegó a comprender la enfermedad. En 1894 estalló una epidemia de peste en la provincia china de Yunnan. Alexandre Yersin, un patólogo suizo de 31 años de edad que había viajado con frecuencia por Indochina, llegó a Hong Kong con la esperanza de identificar el agente causante de la peste. Al cabo de siete semanas logró aislar y describir la bacteria. "Parecía lógico comenzar buscando un microbio en la sangre de los pacientes y en la pulpa de los abscesos", escribía en una carta. "La pulpa los bubones siempre contiene cantidades masivas de bacilos cortos y gruesos … A veces los bacilos parecen estar rodeados por una cápsula. Pueden encontrarse en gran cantidad en los bubones y en los nodos linfáticos de las personas enfermas". Yersin había descubierto el microbio causante de la peste, al que se le bautizó con su nombre: Yersinia pestis. Un científico japonés, Kitasato Shibasaburo, identificó el agente patógeno en esa misma época y a menudo se le considera como su codescubridor.
Sin embargo, cuatro años después del descubrimiento de Yersin continuaba sin conocerse la forma de propagación de la infección de la peste. Algunos científicos opinaban que se debía al polvo contaminado con bacterias de la peste procedentes de sustancias fecales de personas o roedores infectados. Las víctimas, según este planteamiento, recibían las bacterias al inhalar el polvo o al penetrar éste a través de una herida cutánea. El misterio quedó definitivamente desvelado por el científico francés Paul-Louis Simond durante un brote de peste en la India en 1898. Simond, escéptico respecto de las anteriores teorías, observó que, al reconocer a muchas de las víctimas de la peste, todas ellas presentaban una pequeña ampolla en la piel plagada de bacilos de la peste. Simond supuso acertadamente que era el rastro de la picadura de un insecto infectado, tal como la Xenopsylla cheopis o la Nosopsylla fasciatus. Normalmente, estos insectos inoculan la infección a las ratas y a otros mamíferos roedores. Pero en caso de necesidad o si se presentaba la ocasión, los seres humanos podían convertirse en sus víctimas. Los científicos saben en la actualidad que la picadura de un insecto infectado con el bacilo Yersinia pestis transmite la infección desde el insecto al ser humano.
Los científicos poseen actualmente una noción clara de la peste bubónica: una vez que se hallan dentro del cuerpo humano, las bacterias se multiplican rápidamente, duplicando su población cada dos horas a medida que circulan por los vasos sanguíneos y conductos linfáticos. Aunque el sistema inmunológico del cuerpo humano aniquila algunas de las bacterias, muchas sobreviven incluso tras sufrir el acoso de las células del sistema inmunitario. Dentro de las células, los bacilos continúan multiplicándose y produciendo otros que son resistentes a la fagocitosis, es decir, a la ingestión y destrucción por parte de las células inmunes. Las bacterias emiten toxinas que generan un efecto de inflamación en los nodos linfáticos, el bazo, el hígado y otros órganos, destruyendo tejidos y ocasionando hemorragias internas. Si no se aplica ningún tratamiento, sobreviene la muerte por culpa de una reproducción bacteriológica masiva.
El aspecto positivo del conocimiento moderno acerca de las bacterias de la peste es el establecimiento de tratamientos modernos para esta enfermedad. Con un diagnóstico precoz, la peste se puede tratar y curar con antibióticos tales como la estreptomicina y la tetraciclina. La primera vacuna contra la peste se elaboró en 1896. Esta enfermedad existe actualmente, por lo general, en las áreas rurales de los países en vías de desarrollo; así, por ejemplo, un brote acaecido en India en 1994 constituye el último episodio significativo registrado. Sin embargo, también en las regiones occidentales y suroccidentales de Estados Unidos existen casos excepcionales de peste humana al entrar en contacto las personas con mamíferos infectados. En 1995 se registraron, por ejemplo, siete casos.

El debate continúa: Los eruditos continúan debatiendo ciertos aspectos de la gran epidemia de la peste negra del siglo XIV. Incluso la propia denominación ha sido objeto de ciertas reflexiones: el término peste negra parece hacer referencia al color de la piel de las víctimas de la plaga como consecuencia de las hemorragias internas y los tejidos necrosados. Sin embargo, no existe constancia de que esta denominación fuera utilizada durante el siglo XIV en la época de la gran epidemia; de hecho, el nombre peste negra no se aplicó a la epidemia hasta dos o más siglos después. Por el contrario, los europeos de aquel entonces solían referirse a la epidemia como "La gran mortandad". El origen preciso de la denominación peste negra continúa siendo un misterio.
Parte del conocimiento médico en torno a la peste se dice que ha sobrevivido desde tiempos lejanos en un lugar tan poco propicio como una canción infantil. "Ring Around the Rosy," que a veces se afirma procede de la peste de Londres de 1665 (la Gran Plaga) o incluso de la peste negra del siglo XIV, parece ser que hace alusión a los síntomas y tratamientos de la peste: Ring around the rosy, pocket full of posies, ashes ashes, we all fall down
De acuerdo con las interpretaciones populares, "rosy ring" se refiere a las marcas de color purpúreo en la piel de las víctimas de la peste producidas por las hemorragias internas causadas por la bacteria de la peste. "Pocketful of posies" (ramillete de flores) presuntamente se refiere a las hierbas y especies utilizadas para purificar el aire. "Ashes" se puede interpretar como una variante de achoo (‘achís’), la onomatopeya del estornudo que caracteriza los fallos respiratorios o la propagación de los gérmenes de la peste, las cenizas de un fuego encendido para mantener la peste a raya, o incluso las cenizas de los cuerpos incinerados de las víctimas de la peste. "We all fall down" (‘todos caemos’), desde luego, representa a la gente cayendo literalmente muerta bajo los embates de la peste.
No obstante la fama de la canción a lo largo de los tiempos como recordatorio histórico de la peste, los estudiosos de las tradiciones populares tienen sus dudas. Como bien ha observado el folclorista Philip Hiscock, no hay ninguna prueba de que "Ring Around the Rosy" existiera antes de la década de 1880, una época que alumbró multitud de versiones diferentes de la canción, ninguna de las cuales hacía la más mínima referencia a la peste. Los folcloristas más escépticos mantienen que los versos eran un simple acompañamiento carente de significación para un baile infantil en el siglo XIX. Según los escépticos, la interpretación de la peste se inventó después del evento y se ha transmitido de generación en generación porque parece muy verosímil.
Hasta los aspectos más científicos de la peste siguen constituyendo un tema de discusión. Algunos estudiosos, por ejemplo, defienden la teoría de que la epidemia que asoló Europa durante el siglo XIV no fue exclusivamente una peste bubónica con sus variantes neumónica y septicémica, sino que tal vez se dieran al mismo tiempo otras enfermedades como la disentería o la viruela. El zoólogo Graham Twigg, en su obra de 1985: La peste negra: Una reconsideración biológica), evalúa la difusión de la enfermedad, las tasas de mortalidad, las descripciones de las víctimas y los factores ecológicos y climáticos propios de las poblaciones de roedores y de insectos causantes de la propagación de la enfermedad en Inglaterra. En opinión era más probable que se tratara del ántrax, una enfermedad bacteriana letal que se puede propagar a través de amplios territorios por medio de esporas aerotransportadas capaces de infectar y provocar la muerte de las víctimas a una velocidad escalofriante y generar síntomas que coinciden con muchos testimonios históricos de la peste. Sin embargo, no deja de ser una teoría y muestra la dificultad de llevar a cabo una investigación epidemiológica a lo largo de seis siglos.
La epidemiología actual: 
Mientras tanto, los epidemiólogos modernos continúan plenamente ocupados. Hay que seguir esforzándose por descubrir los orígenes y la forma de propagación de las enfermedades. En 1999, por ejemplo, los científicos detectaron el VIH en una subespecie de chimpancés de África ecuatorial. Existen otras enfermedades en fase de desarrollo que exigen total atención como, por ejemplo, el virus de Ébola. Los investigadores continúan buscando una mutación del virus de la gripe que puede producir otra gripe española, como se denominó al gran brote de gripe de 1918 en Estados Unidos. Una cepa mortal de la gripe que aquel año causó la muerte a más de medio millón de personas en Estados Unidos, ascendiendo el total a 20 millones de personas en todo el mundo. Otra amenaza distinta proviene de la reaparición en la especie humana de cualquier enfermedad infecciosa vencida con anterioridad como, por ejemplo, la bacteria del tubérculo, productora de la tuberculosis, que se ha hecho resistente a los antibióticos. Las enfermedades ya no provocarán un clima de pánico ciego y de ignorancia médica como en los tiempos de la peste negra, pero la lucha del hombre contra los agentes patógenos continúa. 
El estudio de la incidencia y la propagación de una enfermedad en amplias poblaciones se denomina epidemiología. Para controlar una enfermedad es importante comprender sus orígenes y su forma de propagación. Los epidemiólogos modernos, por ejemplo, se esfuerzan por comprender los orígenes y la difusión del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) que causa el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) y esperan poder llegar algún día a controlar e incluso sanar esta enfermedad mortal. Sin embargo, la comprensión de la naturaleza de una enfermedad constituye una tarea ardua aún utilizando las herramientas más avanzadas de la microbiología y la genética molecular. Imaginemos pues lo difícil que resultaría entonces, hace varios siglos, en los tiempos en los que el saber médico iba poco más allá de la mera superstición. En aquella época, la idea de comprender una enfermedad implacable tenía que parecer imposible.
Este ha sido el caso de las grandes epidemias de peste que se han sucedido a lo largo de la historia. Mientras que durante la edad media (entre los siglos V y XV) la palabra peste se utilizaba indiscriminadamente para describir enfermedades epidémicas, en la actualidad el término se aplica de manera específica a una enfermedad aguda, infecciosa y contagiosa propia de los roedores y de los seres humanos y causada por una determinada bacteria. Sabemos hoy día que la peste bubónica, el tipo de peste más conocido, se transmite por la picadura de un insecto parásito. Otra variedad, la peste neumónica, se transmite principalmente por pequeñas gotas expelidas por la boca y la nariz de individuos infectados. La peste septicémica, otra forma diferente, se puede propagar por contacto directo a través de una mano contaminada. Sin embargo, a mediados del siglo XIV, cuando la enfermedad que entonces se conocía como peste negra llegó a aniquilar hasta una tercera parte de la población europea, los médicos y los científicos fueron totalmente incapaces de descubrir su causa y menos aún de encontrar una forma de curación.

Descripciones de testigos presenciales de la peste


Sintiéndose incapaces de explicar o comprender la magnitud del sufrimiento, algunos observadores sólo consiguieron registrar la devastación causada por la enfermedad. Las descripciones de los testigos presenciales de la peste se remontan al año 541, cuando se declaró la peste en la ciudad de Constantinopla (actualmente Estambul, en Turquía), entonces capital del Imperio bizantino. Procopio, historiador en la corte del emperador Justiniano I, describe una epidemia durante la cual "toda la raza humana estuvo a punto de quedar aniquilada". En las crónicas de Procopio los síntomas de la peste comenzaban por "una fiebre súbita". Durante algunas horas no había ningún signo de inflamación o mutación del color de la piel, pero según Procopio "ese mismo día en algunos casos, o al día siguiente en otros, y en el resto no muchos días más tarde aparecía una inflamación bubónica, y ésta se producía no sólo en la región concreta del cuerpo denominada la ingle, es decir, debajo del abdomen, sino también en el hueco de las axilas, y en algunos casos al lado de las orejas y en diferentes puntos de los muslos se producía una gran inflamación o bubón".
Procopio registró que algunas víctimas entraban en coma, mientras que otras se veían sacudidas por un "violento delirio", estando convencidas de que "les atacaban personajes que venían a destruirlos". En algunos casos había que impedir a algunas víctimas que salieran huyendo de sus casas, intentaran ahogarse o saltar al vacío desde gran altura. Y Procopio continúa: "y en aquellos casos en que no hacía aparición ni el coma ni el delirio, la inflamación bubónica se gangrenaba y el paciente, incapaz de soportar el dolor, moría. La muerte sobrevenía en algunos casos de forma inmediata y en otros al cabo de muchos días". La denominada "peste de Justiniano” se enseñoreó de Constantinopla hasta la primavera de 542, llevándose consigo a unas 200.000 personas (el 40% de la población de la ciudad).

Ocho siglos más tarde, la peste negra barrió toda Europa, llegando a Italia en 1347. El escritor italiano Giovanni Boccaccio, en su obra clásica El Decamerón, describe casos de peste en Florencia: "En el momento de la aparición de la enfermedad, tanto hombres como mujeres se veían afectados por un tipo de inflamación en la ingle o las axilas que en ocasiones alcanzaba el tamaño de una manzana o de un huevo. Aunque algunos de estos tumores eran más grandes y otros más pequeños, todos ellos recibían la denominación común de ganglios. A partir de estos dos puntos iniciales, los ganglios comenzaban al poco tiempo a propagarse y a extenderse generalmente por todo el cuerpo. A continuación, las manifestaciones de la enfermedad se transformaban en manchas negras o pálidas extendidas por brazos y muslos o por todo el cuerpo". Una tercera parte aproximadamente de los 80.000 habitantes de Florencia murieron a causa de la peste entre la primavera y el verano de 1348.

Existen también vívidas descripciones de la peste correspondientes a la Gran Plaga de Londres que se declaró en esta ciudad en 1665. Tales descripciones fueron recopiladas por el escritor inglés Daniel Defoe en su obra Diario del año de la peste (1722), que reconstruye aquel desastre. Para describir la rapidez y crueldad con las que se propagó la enfermedad, Defoe narra la historia de una mujer joven que cae enferma con vómitos y "un terrible dolor de cabeza". Su madre la examina y confirma lo peor: "examinando su cuerpo a la luz de un candil, inmediatamente descubrió las señales fatídicas en la parte interior de sus muslos. Su madre, sintiéndose incapaz de contenerse, tiró la vela y gritó de una forma tan pavorosa que hubiera bastado para horrorizar al espíritu más firme de este mundo. En cuanto a la joven, a partir de ese mismo momento se convirtió en un cuerpo moribundo, pues la gangrena que origina los hematomas se había extendido por todo su cuerpo, falleciendo en menos de dos horas". En otro pasaje del libro, Defoe describe una ciudad sometida a una auténtica pesadilla de sufrimientos: "El dolor de las inflamaciones era particularmente intenso, incluso intolerable para algunos individuos". La gente corría despavorida por las calles, "delirante y aturdida, a menudo agrediéndose con las manos, tirándose por las ventanas, disparándose un tiro, madres [asesinando] a sus propios hijos presas de la locura".

Primeras teorías acerca de las causas y el tratamiento de la peste
A la desgracia y al terror de las epidemias de peste se le sumaba la ignorancia; nadie tenía la menor idea de la causa de la enfermedad o de las vías reales de transmisión. Mucha gente pensaba acertadamente que el contagio podía producirse por el aliento, aun cuando durante la peste negra un médico llegó a afirmar que la simple mirada de un moribundo podía ser suficiente para transmitir esta infección mortal. El conocimiento médico exacto acerca de la peste se hallaba a siglos luz. La bacteria causante de la peste y el proceso de su transmisión a los seres humanos a través de roedores e insectos portadores no fueron descubiertos y comprendidos hasta la década de 1890. Durante la peste negra la mayoría de la población consideraba la plaga como un castigo divino por los pecados de la humanidad. Los galenos y los eruditos, mientras tanto, elaboraban cuantas teorías se les ocurrían para explicar el origen de la enfermedad y recomendar medidas curativas o preventivas.

Según una teoría, las causas eran de naturaleza astrológica: una alineación poco usual de los planetas Saturno, Júpiter y Marte había causado la corrupción de la atmósfera. Otros teóricos culpaban a terremotos y demás catástrofes naturales por haber liberado aire malsano procedente de las entrañas de la Tierra. Esta idea del aire corrupto e insano, una miasma, se hallaba en la base de muchas teorías referentes a la causa de la peste, por lo que muchas medidas preventivas giraban entorno a contrarrestar o purificar el aire corrupto como, por ejemplo, incinerar maderas de enebro y fresno para crear aromas agradables. Los suelos de las casas se fregaban con agua de rosas y vinagre. Se recomendaba reforzar la dieta alimenticia para ahuyentar la peste agregando mirra, azafrán y pimienta a productos como cebollas, ajo y puerros. Las observaciones de Defoe en Diario del año de la peste indican que la medicina preventiva durante la década de 1660 no había progresado mucho durante los tres siglos transcurridos desde la peste negra. Defoe describe a hombres llevando ajos en la boca y a mujeres echándose vinagre por la nariz. Curanderos de toda catadura anunciaban sus mejunjes en pancartas, ofreciendo píldoras y demás antídotos contra la peste.

La ignorancia genera miedo

Los epidemiólogos consideran en la actualidad que la peste negra era probablemente la enfermedad en su variedad neumónica que infecta los pulmones y se transmite de un individuo a otro a través del estornudo o la tos. Y aunque la población de la edad media no comprendiera cómo se propagaba la enfermedad, su capacidad de contagio era terriblemente evidente. Los testigos presenciales describían este miedo: "Las personas pronto llegaron a odiarse hasta tal extremo que, si un hijo se veía afectado por la enfermedad, su padre no le atendía", escribía un fraile en su descripción de la evolución de la peste negra en Messina (Sicilia). "Si, a pesar de todo, osaba acercarse a él, quedaba inmediatamente infectado y … estaba predestinado a fallecer en el plazo de tres días". Un historiador del siglo VIII, al describir un brote anterior en Italia, da cuenta de una rotura similar de los lazos familiares por culpa de la peste reinante: "Los hijos huían, dejando sin inhumar los cadáveres de sus padres; los padres, olvidando sus obligaciones, abandonaban a sus hijos sumidos en fiebres feroces". Otro testigo de la peste negra escribía a su vez: "El padre abandonaba al hijo, el marido a la esposa, un hermano a otro … no quedaba nadie para enterrar a los muertos ni por dinero ni por amistad ... morían a cientos, tanto de día como de noche y todos eran arrojados a fosas y recubiertos con tierra. Y a medida que se iban llenando las fosas, se excavaban otras nuevas. Y yo, Agnolo di Tura ... enterré a mis cinco hijos con mis propias manos".
Durante la edad media, el verdadero tratamiento de la peste consistía a menudo en abrir las venas a la víctima y sacarle sangre para aliviar la infección. Otra técnica de curación consistía en intentar sajar los bubones hinchados y esterilizarlos con fuego. Seguidamente, los galenos aplicaban distintas sustancias, como raíces de azucenas o un emplaste elaborado a partir de resina gomosa, para drenar el veneno. Una vez más, las prácticas en tiempos de Defoe apenas se diferenciaban de las técnicas medievales: "Las inflamaciones de algunas personas se endurecían y entonces se les aplicaban violentos emplastes adhesivos, o cataplasmas, para abrirlos, y si así no se conseguía, estos eran abiertos y sajados de manera terrible". Según un observador, tales medidas a menudo infligían al paciente "mayor dolor que el ocasionado por la enfermedad". De todas maneras, en palabras de Defoe, "si se conseguía formar una cabeza en el bubón y se abría y se hacía supurar, generalmente el paciente se recuperaba".

Adelantos en el conocimiento de la peste: 
Aunque tardó varios siglos, la ciencia médica finalmente llegó a comprender la enfermedad. En 1894 estalló una epidemia de peste en la provincia china de Yunnan. Alexandre Yersin, un patólogo suizo de 31 años de edad que había viajado con frecuencia por Indochina, llegó a Hong Kong con la esperanza de identificar el agente causante de la peste. Al cabo de siete semanas logró aislar y describir la bacteria. "Parecía lógico comenzar buscando un microbio en la sangre de los pacientes y en la pulpa de los abscesos", escribía en una carta. "La pulpa los bubones siempre contiene cantidades masivas de bacilos cortos y gruesos … A veces los bacilos parecen estar rodeados por una cápsula. Pueden encontrarse en gran cantidad en los bubones y en los nodos linfáticos de las personas enfermas". Yersin había descubierto el microbio causante de la peste, al que se le bautizó con su nombre: Yersinia pestis. Un científico japonés, Kitasato Shibasaburo, identificó el agente patógeno en esa misma época y a menudo se le considera como su codescubridor.
Sin embargo, cuatro años después del descubrimiento de Yersin continuaba sin conocerse la forma de propagación de la infección de la peste. Algunos científicos opinaban que se debía al polvo contaminado con bacterias de la peste procedentes de sustancias fecales de personas o roedores infectados. Las víctimas, según este planteamiento, recibían las bacterias al inhalar el polvo o al penetrar éste a través de una herida cutánea. El misterio quedó definitivamente desvelado por el científico francés Paul-Louis Simond durante un brote de peste en la India en 1898. Simond, escéptico respecto de las anteriores teorías, observó que, al reconocer a muchas de las víctimas de la peste, todas ellas presentaban una pequeña ampolla en la piel plagada de bacilos de la peste. Simond supuso acertadamente que era el rastro de la picadura de un insecto infectado, tal como la Xenopsylla cheopis o la Nosopsylla fasciatus. Normalmente, estos insectos inoculan la infección a las ratas y a otros mamíferos roedores. Pero en caso de necesidad o si se presentaba la ocasión, los seres humanos podían convertirse en sus víctimas. Los científicos saben en la actualidad que la picadura de un insecto infectado con el bacilo Yersinia pestis transmite la infección desde el insecto al ser humano.
Los científicos poseen actualmente una noción clara de la peste bubónica: una vez que se hallan dentro del cuerpo humano, las bacterias se multiplican rápidamente, duplicando su población cada dos horas a medida que circulan por los vasos sanguíneos y conductos linfáticos. Aunque el sistema inmunológico del cuerpo humano aniquila algunas de las bacterias, muchas sobreviven incluso tras sufrir el acoso de las células del sistema inmunitario. Dentro de las células, los bacilos continúan multiplicándose y produciendo otros que son resistentes a la fagocitosis, es decir, a la ingestión y destrucción por parte de las células inmunes. Las bacterias emiten toxinas que generan un efecto de inflamación en los nodos linfáticos, el bazo, el hígado y otros órganos, destruyendo tejidos y ocasionando hemorragias internas. Si no se aplica ningún tratamiento, sobreviene la muerte por culpa de una reproducción bacteriológica masiva.
El aspecto positivo del conocimiento moderno acerca de las bacterias de la peste es el establecimiento de tratamientos modernos para esta enfermedad. Con un diagnóstico precoz, la peste se puede tratar y curar con antibióticos tales como la estreptomicina y la tetraciclina. La primera vacuna contra la peste se elaboró en 1896. Esta enfermedad existe actualmente, por lo general, en las áreas rurales de los países en vías de desarrollo; así, por ejemplo, un brote acaecido en India en 1994 constituye el último episodio significativo registrado. Sin embargo, también en las regiones occidentales y suroccidentales de Estados Unidos existen casos excepcionales de peste humana al entrar en contacto las personas con mamíferos infectados. En 1995 se registraron, por ejemplo, siete casos.

El debate continúa: Los eruditos continúan debatiendo ciertos aspectos de la gran epidemia de la peste negra del siglo XIV. Incluso la propia denominación ha sido objeto de ciertas reflexiones: el término peste negra parece hacer referencia al color de la piel de las víctimas de la plaga como consecuencia de las hemorragias internas y los tejidos necrosados. Sin embargo, no existe constancia de que esta denominación fuera utilizada durante el siglo XIV en la época de la gran epidemia; de hecho, el nombre peste negra no se aplicó a la epidemia hasta dos o más siglos después. Por el contrario, los europeos de aquel entonces solían referirse a la epidemia como "La gran mortandad". El origen preciso de la denominación peste negra continúa siendo un misterio.
Parte del conocimiento médico en torno a la peste se dice que ha sobrevivido desde tiempos lejanos en un lugar tan poco propicio como una canción infantil. "Ring Around the Rosy," que a veces se afirma procede de la peste de Londres de 1665 (la Gran Plaga) o incluso de la peste negra del siglo XIV, parece ser que hace alusión a los síntomas y tratamientos de la peste: Ring around the rosy, pocket full of posies, ashes ashes, we all fall down
De acuerdo con las interpretaciones populares, "rosy ring" se refiere a las marcas de color purpúreo en la piel de las víctimas de la peste producidas por las hemorragias internas causadas por la bacteria de la peste. "Pocketful of posies" (ramillete de flores) presuntamente se refiere a las hierbas y especies utilizadas para purificar el aire. "Ashes" se puede interpretar como una variante de achoo (‘achís’), la onomatopeya del estornudo que caracteriza los fallos respiratorios o la propagación de los gérmenes de la peste, las cenizas de un fuego encendido para mantener la peste a raya, o incluso las cenizas de los cuerpos incinerados de las víctimas de la peste. "We all fall down" (‘todos caemos’), desde luego, representa a la gente cayendo literalmente muerta bajo los embates de la peste.
No obstante la fama de la canción a lo largo de los tiempos como recordatorio histórico de la peste, los estudiosos de las tradiciones populares tienen sus dudas. Como bien ha observado el folclorista Philip Hiscock, no hay ninguna prueba de que "Ring Around the Rosy" existiera antes de la década de 1880, una época que alumbró multitud de versiones diferentes de la canción, ninguna de las cuales hacía la más mínima referencia a la peste. Los folcloristas más escépticos mantienen que los versos eran un simple acompañamiento carente de significación para un baile infantil en el siglo XIX. Según los escépticos, la interpretación de la peste se inventó después del evento y se ha transmitido de generación en generación porque parece muy verosímil.
Hasta los aspectos más científicos de la peste siguen constituyendo un tema de discusión. Algunos estudiosos, por ejemplo, defienden la teoría de que la epidemia que asoló Europa durante el siglo XIV no fue exclusivamente una peste bubónica con sus variantes neumónica y septicémica, sino que tal vez se dieran al mismo tiempo otras enfermedades como la disentería o la viruela. El zoólogo Graham Twigg, en su obra de 1985: La peste negra: Una reconsideración biológica), evalúa la difusión de la enfermedad, las tasas de mortalidad, las descripciones de las víctimas y los factores ecológicos y climáticos propios de las poblaciones de roedores y de insectos causantes de la propagación de la enfermedad en Inglaterra. En opinión era más probable que se tratara del ántrax, una enfermedad bacteriana letal que se puede propagar a través de amplios territorios por medio de esporas aerotransportadas capaces de infectar y provocar la muerte de las víctimas a una velocidad escalofriante y generar síntomas que coinciden con muchos testimonios históricos de la peste. Sin embargo, no deja de ser una teoría y muestra la dificultad de llevar a cabo una investigación epidemiológica a lo largo de seis siglos.
La epidemiología actual: 
Mientras tanto, los epidemiólogos modernos continúan plenamente ocupados. Hay que seguir esforzándose por descubrir los orígenes y la forma de propagación de las enfermedades. En 1999, por ejemplo, los científicos detectaron el VIH en una subespecie de chimpancés de África ecuatorial. Existen otras enfermedades en fase de desarrollo que exigen total atención como, por ejemplo, el virus de Ébola. Los investigadores continúan buscando una mutación del virus de la gripe que puede producir otra gripe española, como se denominó al gran brote de gripe de 1918 en Estados Unidos. Una cepa mortal de la gripe que aquel año causó la muerte a más de medio millón de personas en Estados Unidos, ascendiendo el total a 20 millones de personas en todo el mundo. Otra amenaza distinta proviene de la reaparición en la especie humana de cualquier enfermedad infecciosa vencida con anterioridad como, por ejemplo, la bacteria del tubérculo, productora de la tuberculosis, que se ha hecho resistente a los antibióticos. Las enfermedades ya no provocarán un clima de pánico ciego y de ignorancia médica como en los tiempos de la peste negra, pero la lucha del hombre contra los agentes patógenos continúa. 



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Fecha: 30/08/2010 23:46
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Autor: Anónimo
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